“Hasta el 90% de los casos de síndrome de piernas inquietas están sin diagnosticar”
- El síndrome de piernas inquietas afecta a entre el 5% y el 10% de la población y es dos veces más frecuente en mujeres.
- La necesidad imperiosa de mover las piernas durante el reposo y las alteraciones del sueño son las principales señales de alarma.
- La Dra. Nadège Van Blercom destaca que existen tratamientos eficaces capaces de mejorar notablemente la calidad de vida de los pacientes.
Con motivo del Día Mundial del Síndrome de las Piernas Inquietas, la jefa del Servicio de Neurología de Policlínica Gipuzkoa, la Dra. Nadège Van Blercom, recuerda la importancia de reconocer los síntomas de este trastorno neurológico, una enfermedad frecuente pero todavía poco conocida por la población y que, en muchos casos, permanece sin diagnosticar durante años.
El síndrome de piernas inquietas (SPI) se caracteriza por la aparición de sensaciones desagradables en las extremidades inferiores, como hormigueo, quemazón o una sensación interna de inquietud que genera una necesidad irresistible de mover las piernas para obtener alivio. Estos síntomas suelen aparecer o empeorar durante los periodos de reposo, especialmente al final de la tarde o durante la noche, dificultando el descanso y afectando significativamente a la calidad de vida de quienes lo padecen.
Según explica la especialista, se trata de “un trastorno relativamente común, con una prevalencia estimada de entre el 5% y el 10% de la población, y con una incidencia dos veces superior en mujeres que en hombres”. Sin embargo, a pesar de su frecuencia, continúa siendo una enfermedad infradiagnosticada. De hecho, se calcula que hasta el 90% de los pacientes no han recibido un diagnóstico adecuado o han sido erróneamente catalogados como afectados por problemas circulatorios, ansiedad, varices o artrosis.
«Es importante entender que el síndrome de piernas inquietas no es un problema vascular, sino una enfermedad neurológica», subraya la Dra. Nadège Van Blercom. Aunque algunos síntomas puedan resultar similares a los de determinadas patologías venosas, existen diferencias clave. Mientras que las personas con SPI describen hormigueos, quemazón o una necesidad urgente de moverse que mejora caminando o moviendo las piernas, quienes sufren problemas circulatorios suelen experimentar pesadez, dolor, hinchazón o sensación de calor, con alivio al elevar las piernas o utilizar medidas de compresión.
La neuróloga señala que “la predisposición genética constituye la principal causa del trastorno. Entre el 60% y el 90% de los pacientes que desarrollan la enfermedad a edades tempranas cuentan con antecedentes familiares. Además, en algunos casos puede estar relacionado con déficits de hierro, insuficiencia renal o aparecer durante el embarazo”.
Cuando el descanso deja de ser reparador
Uno de los principales problemas asociados al síndrome de piernas inquietas es su impacto sobre el sueño. Muchos pacientes tardan años en consultar porque consideran que sus síntomas son algo normal o los atribuyen al nerviosismo. Sin embargo, cuando la enfermedad comienza a interferir en actividades cotidianas, como acudir al cine, viajar o disfrutar de una cena tranquila, o cuando provoca dificultades para conciliar el sueño o despertares continuos, es recomendable acudir a un especialista.
“La falta de tratamiento puede generar importantes consecuencias físicas y psicológicas. La privación crónica del sueño se ha relacionado con un mayor riesgo cardiovascular, alteraciones metabólicas como obesidad o diabetes, fatiga persistente, dolores crónicos y problemas cognitivos que afectan a la memoria y la concentración” afirma la neuróloga de Policlínica. Además, puede favorecer la aparición de síntomas de ansiedad y depresión.
Diagnóstico clínico y tratamientos eficaces
El diagnóstico del síndrome de piernas inquietas es fundamentalmente clínico y se basa en la descripción de los síntomas por parte del paciente. No obstante, cuando existen dudas o manifestaciones atípicas, “el especialista puede solicitar pruebas complementarias, especialmente análisis de sangre que permitan evaluar los niveles de hierro, la función renal o la presencia de posibles déficits vitamínicos” apunta la neuróloga.
Afortunadamente, la especialista destaca que actualmente existen tratamientos muy eficaces para controlar la enfermedad. «En la mayoría de los casos, los pacientes experimentan una mejora muy significativa con tratamientos sencillos y a dosis bajas», explica la Dra. Nadège Van Blercom. Entre las opciones terapéuticas se encuentran fármacos gabaérgicos o dopaminérgicos de vida media larga, además de otras alternativas de segunda línea como la suplementación con hierro cuando existe déficit o determinados relajantes musculares.
Junto al tratamiento farmacológico, la neuróloga recomienda mantener hábitos de vida saludables que ayuden a reducir los síntomas. Entre ellos destacan una adecuada higiene del sueño, la práctica regular de ejercicio físico moderado, la realización de estiramientos antes de acostarse y la reducción del consumo de cafeína, alcohol y tabaco durante las últimas horas del día. También aconseja mantener una alimentación rica en hierro y evitar el sedentarismo prolongado.
«La clave está en consultar cuando los síntomas comienzan a afectar al descanso o a la vida diaria. Con un diagnóstico correcto y el tratamiento adecuado, la mayoría de los pacientes puede recuperar una buena calidad de sueño y mejorar notablemente su bienestar», concluye Van Blercom.
