“El calor y la humedad convierten el verano en una amenaza silenciosa para la salud de las personas mayores”
- El 26 de julio se celebra el Día Mundial de los Abuelos.
- El verano no solo afecta físicamente a las personas mayores, sino también a su bienestar emocional y cognitivo.
- Los cambios de rutina, la alteración del sueño y la soledad pueden agravar problemas de salud preexistentes, especialmente en pacientes con deterioro cognitivo.
- El especialista recuerda que «cuidarlos como ellos nos han cuidado» es la mejor forma de proteger a nuestros mayores durante esta época del año.
Con la llegada de las altas temperaturas, las personas mayores se convierten en uno de los colectivos más vulnerables frente a los efectos del calor. La combinación de edad avanzada, enfermedades crónicas, tratamientos farmacológicos y una menor capacidad para regular la temperatura corporal incrementa significativamente el riesgo de deshidratación, golpes de calor y descompensaciones de patologías previas. Así lo explica el Dr. Juan Luis Merino, especialista en Medicina Interna de Policlínica Gipuzkoa, quien hace un llamamiento a familiares y cuidadores para extremar las precauciones durante el verano.
«Las personas mayores tienen una menor capacidad de adaptación a la termorregulación», señala el especialista. A medida que envejecemos, disminuye la percepción de la sed, se reduce la producción de sudor y es frecuente la coexistencia de varias enfermedades crónicas y tratamientos médicos que pueden complicar aún más la respuesta del organismo ante el calor. Todo ello convierte el periodo estival en una época especialmente delicada para este grupo de población.
Uno de los principales problemas es que la deshidratación no siempre se manifiesta de forma evidente. Muchas personas mayores no sienten necesidad de beber aunque su organismo ya esté perdiendo líquidos. Por ello, el Dr. Merino recomienda prestar atención a algunas señales de alarma que pueden pasar desapercibidas en un primer momento, como la sequedad de boca, una disminución de la cantidad de orina o una orina más concentrada. A estos síntomas se pueden añadir cambios neurológicos como desorientación, tendencia al sueño, irritabilidad, mareos o una tensión arterial más baja de lo habitual. Detectarlos de manera precoz es fundamental para evitar complicaciones mayores.
Además, existe un factor añadido: la humedad. Aunque muchas veces se asocian los mayores riesgos a temperaturas extremadamente altas, el especialista recuerda que la sensación térmica y el impacto sobre el organismo también vienen determinados por el grado de humedad ambiental. Cuando el aire contiene mucha humedad, el sudor se evapora con más dificultad y pierde eficacia como mecanismo natural para eliminar calor corporal. Esto hace que temperaturas moderadas puedan resultar más peligrosas que registros más elevados en ambientes secos. «Un calor de 32 grados con una humedad del 80% puede resultar más problemático que temperaturas más altas en condiciones secas», explica.
La hidratación constituye la principal medida preventiva. Los expertos recomiendan beber líquidos de forma regular, incluso cuando no exista sensación de sed. Asimismo, durante los meses de verano resulta aconsejable aumentar el consumo de alimentos ricos en agua, como frutas, verduras, gazpachos o bebidas frescas que ayuden a mantener un adecuado equilibrio hídrico. La clave, insiste el especialista, es adelantarse a la aparición de los síntomas y mantener una hidratación constante a lo largo del día.
Otro aspecto que requiere especial atención es la medicación habitual. Algunos fármacos pueden interferir en los mecanismos de defensa del organismo frente al calor o favorecer la pérdida de líquidos. Entre ellos se encuentran los diuréticos, los tratamientos para la hipertensión arterial, determinados medicamentos utilizados en pacientes con enfermedad de Parkinson o problemas de vejiga, así como algunos antidepresivos y fármacos para dormir. Sin embargo, el Dr. Merino subraya que los pacientes nunca deben suspender estos tratamientos por iniciativa propia y que cualquier ajuste debe realizarse exclusivamente bajo supervisión médica.
Cuando las medidas preventivas no son suficientes, puede aparecer el golpe de calor, una situación potencialmente grave que requiere atención médica urgente. Los síntomas más característicos incluyen temperaturas corporales muy elevadas, habitualmente por encima de los 40 grados, acompañadas de alteraciones neurológicas como desorientación, irritabilidad, cambios en el comportamiento o aumento de la somnolencia. También pueden presentarse cefalea, mareos, respiración acelerada y descensos de la tensión arterial. Ante cualquiera de estas señales, la recomendación es acudir a un servicio de urgencias lo antes posible. Mientras llega la atención sanitaria, es importante trasladar a la persona a un lugar fresco, reducir la cantidad de ropa y comenzar la hidratación si mantiene un nivel de conciencia adecuado.
Más allá de los efectos físicos, el verano también puede tener consecuencias sobre el bienestar emocional y cognitivo de las personas mayores. Los cambios en las rutinas diarias, las modificaciones de horarios, la alteración del sueño provocada por el calor o la reducción de actividades sociales pueden afectar especialmente a quienes padecen deterioro cognitivo o enfermedades neurológicas. La menor actividad física, la disminución de los paseos y el aislamiento social contribuyen a un empeoramiento general del estado de salud y de la calidad de vida.
A ello se suma un fenómeno frecuente durante los meses estivales: la sensación de soledad. Las vacaciones de familiares y amigos, junto con la reducción de las actividades habituales, pueden provocar que muchas personas mayores pasen más tiempo solas y reciban menos apoyo cotidiano. Por este motivo, el especialista insiste en la importancia de mantener el contacto, acompañar y realizar un seguimiento más estrecho que durante el resto del año.
Con motivo del Día de los Abuelos, el Dr. Juan Luis Merino lanza un mensaje de concienciación dirigido a toda la sociedad guipuzcoana: prestar atención a nuestros mayores, asegurarnos de que se hidratan correctamente, comprobar que toman su medicación de forma adecuada y estar alerta ante cualquier signo de deshidratación o golpe de calor. «La mejor manera de protegerlos es cuidarlos como ellos nos han cuidado durante tantos años», concluye.
